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Por. Enrique Nóbrega

 

 

 

El 23 de enero fue producto de una insurrección popular y militar. Hubo más protagonistas, pero su participación, si bien importante, no fue decisiva.

 

El Plebiscito se realizó el 15 de diciembre de 1957 y Pérez Jiménez fue proclamado Presidente para un nuevo período el día 21. El nuevo año se iniciaría con el levantamiento militar del Coronel Hugo Trejo.

 

El nuevo Gobierno era expresión y reflejo de la institución armada, que se reacomodaba en el poder luego del resultado negativo de la jugada personalista y el error político cometido por Pérez Jiménez con el Plebiscito de diciembre de 1957.

 

Cuando un solitario y ruidoso avión estremeció la silenciosa madrugada caraqueña del 23 de enero de 1958 muchos supieron lo que aquello significaba: Marcos Pérez Jiménez había huido de Venezuela.

 

 El último dictador de nuestra historia política contemporánea había abandonado el poder por la puerta de atrás. Se había puesto fin al último período dictatorial militarista de nuestra historia reciente.

 

Pero aquel suceso, aquella huida, titulada en grandes caracteres por los periódicos de la época, no sólo significaba un vacío de poder, sino que era el producto de un peculiar golpe de Estado, o por mejor decir, había sido producto del empuje de una insurrección popular.

 

Porque a nuestro entender, y al de muchos especialistas antes que nosotros, durante aquella fecha asistimos en nuestra historia contemporánea al resultado inmediato de un estallido popular, al empuje de una sumatoria de fuerzas políticas, sectores sociales y gremiales, decisiones, convicciones y protagonistas individuales, que condujeron al fin de la dictadura, de la represión desmedida, del terror y del miedo.

 

 El 23 de enero de 1958 fue el resultado final de una insurrección popular. Las protestas, huelgas y actos de rechazo decidido de los sectores populares, de la multitud hecha masa enardecida, superó las expectativas de muchos dirigentes y observadores de la época.

 

La calle superó a las organizaciones y a las ins-tituciones, por lo menos en aquella coyuntura particular, que era, al mismo tiempo, el final de un proceso político de resistencia e intereses políticos entrecruzados, y el inicio de una nueva dinámica política y de esperanzas sociales en el futuro.

 

 Sin querer jugar a las acomodaticias justificaciones del pasado, hay que precisar sin embargo, que aquel 23 de enero también fue el resultado de otras dinámicas que se deben reconocer y valorar en cualquier reconstrucción e interpretación histórica de aquel hecho.

 

Aquella huida de última hora había sido producto de la presión, el enfrentamiento interno y las conspiraciones dentro de las propias Fuerzas Armadas. Ya desde principios del año, con el alzamiento del coronel Hugo Trejo, fue evidente la fractura dentro de la institución armada. Las diferencias y presiones no harían sino aflorar y evidenciarse en el resultado final.

 

No de otra forma puede entenderse la composición inicial de la Junta de Gobierno, conformada durante la propia madrugada del 23 de enero, integrada por militares, y que resulta fácilmente imaginable como producto de la emergencia, la improvisación, el oportunismo y las tensiones enfrentadas.

 

Aquella primera Junta de Gobierno estuvo conformada por el Contralmirante Wolfgang Larrazábal, quien la presidía en razón de su rango y antigüedad, los Coroneles Carlos Luis Araque (de la Guardia Nacional), Pedro José Quevedo  (Director de la Escuela Superior de Guerra), Roberto Casanova, Abel Romero Villate y el Dr. Edgar Sanabria, el único civil, que fungiría como Secretario de la misma.

 

El nuevo Gobierno era expresión y reflejo de la institución armada, que se reacomodaba en el poder luego del resultado negativo de la jugada personalista y el error político cometido por Pérez Jiménez con el Plebiscito de diciembre de 1957.

 

Pero lo más evidente y desmedido de aquella composición era la presencia de los coroneles Casanova y Romero Villate, dos oficiales reconocidos por su lealtad ante Pérez Jiménez. Se trataba entonces de un simple cambio de protagonistas, o mejor dicho, un reacomodo según los servicios prestados, para ejercer el poder y cambiar sin que nada cambiase.

 

 Por supuesto, la presión popular impulsada por la Junta Patriótica a las puertas del Palacio de Miraflores, y la surgida dentro de las Fuerzas Armadas, lograron que los mencionados militares abandonaran la Junta de Gobierno, para ser sustituidos por dos civiles, que además eran empresarios: Eugenio Mendoza y Blas Lamberti.

 

Aquí surge una de las paradojas de aquella peculiar situación política que propició la caída del régimen, la llamada unidad, el espíritu del 23 de enero. Los oficiales militares conspiradores del momento y los representantes políticos de entonces no entraron a formar gobierno una vez logrado el objetivo de aquella insurrección popular y militar, y no cabe más que preguntarse: ¿por qué?

 

El hecho es que el Alto Mando militar y los empresarios fueron los que condujeron aquel primer gobierno de transición hacia la democracia. Un testigo y protagonista del momento, el periodista Eleazar Díaz Rangel, ha llegado a afirmar al respecto:

 

“A la hora de la formación de Gobierno es de tal magnitud ese movimiento que tanto su real dirección militar como la civil fueron desbordadas, entre otras razones, porque ni una ni otra tenían real noción del poder ni era su objetivo conquistarlo. No tuvieron acceso a los altos niveles del Gobierno ni presionaron para alcanzarlos.”

 

Es cierto que los principales dirigentes de los partidos políticos estaban en el exilio (Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Gustavo Machado y Rafael Caldera), pero ello no explicaría el porqué los partidos no entraron a formar gobierno. ¿Para qué se derroca un gobierno?, ¿para qué se da un golpe de Estado? Una posible respuesta que apunte hacia el rescate de la democracia y la libertad, hay que decirlo, pecaría por demasiado ingenua, políticamente hablando.

 

Pero antes de continuar comentando aquel hecho, resulta pertinente retomar lo dicho hasta aquí. El 23 de enero fue producto de una insurrección popular y militar. Por supuesto que hubo más protagonistas, pero a nuestro entender su participación, si bien importante, no fue decisivo.

 

Aquí entramos en el campo de las discusiones y los pareceres, abundantes en cualquier historia contemporánea y cercana, pero ello contribuye a enriquecer nuestro conocimiento del pasado al asumir dichas diferencias con ánimo crítico y sin juicios valorativos. Se trata de intentar comprender.

 

Cuando decimos que hubo otros protagonistas que contribuyeron al triunfo político escenificado aquel 23 de enero de 1958, nos referimos a lo que entonces se llamó el espíritu del 23 de enero, el espíritu de la unidad ante un mismo fin: el derrocamiento de la dictadura y la instauración de la democracia.

 

Aquel espíritu quería significar la inusual y efectiva unión que se experimentó entre todos los sectores sociales y políticos que se oponían a la dictadura, o que mostraron diferencias con aquélla, aunque fuera a última hora y una vez que todo parecía estar decantado.

 

Hablamos de los partidos políticos opositores, Acción Democrática (AD), el Partido Comunista de Venezuela (PCV), COPEI y Unión Republicana Democrática (URD), los cuales, en diferentes medidas, mantenían actividades opositoras activas, a los cuales se sumaron los gremios profesionales, los sindicatos y la Iglesia católica.

 

Aquella variopinta unidad de intereses y actividades tomaron forma a través de la clandestina organización de la llamada Junta Patriótica, surgida en 1957 por iniciativa del PCV, que logró reunir a representantes de los partidos políticos antes mencionados.

 

A principios del año 1957, durante el 13º Pleno del Comité Central del II Congreso del PCV, quien entonces era el Secretario General del partido, Pompeyo Márquez, exponía aquella iniciativa con estas palabras: El Comité Central llama a la formación de un amplio frente nacional anti-continuista por la Amnistía, los derechos ciudadanos y las libertades democráticas que tenga por base: 1- la lucha por la más amplia amnistía política para todos los secuestrados, desterrados y perseguidos políticos, sindicales y militares; 2- la lucha por la elaboración de un Estatuto Electoral que permita a todos los venezolanos, mediante el voto directo, universal y secreto, la expresión de su libre opinión en relación al problema de la sucesión presidencial. En estos momentos luchar contra toda reforma a la Constitución; 3- hacer retornar a Venezuela a un gobierno constitucional respetuoso de los derechos ciudadanos y las libertades democráticas, donde no se persiga ni se detenga ni se expulse ni se asesine a nadie a causa de sus ideas políticas.

 

 La continuidad ideológica, los esfuerzos y una táctica clandestina más efectiva, dirigida a acercarse al trabajo con las bases antes que al derrocamiento abierto de la dictadura, terminarían por avalar y propiciar aquella iniciativa unitaria de los comunistas.

 

 Otra cruel paradoja de la historia nos adelanta que quienes iniciaron los esfuerzos políticos unitarios, terminarían siendo excluidos del ejercicio y participación del nuevo gobierno implantado tras el 23 de enero de 1958, por razones que luego comentaremos. 

 

Pero el hecho es que los esfuerzos y la organización desplegada por la Junta Patriótica desde la clandestinidad obtuvieron excelentes resultados. La organización de mítines relámpagos, acciones de calle, publicación y distribución de panfletos y manifiestos, finalmente conducirían a la huelga general del 21 de enero, verdadero principio del fin de la dictadura.

 

A la distancia del medio siglo transcurrido de aquellos hechos, ciertos detalles aún nos siguen sorprendiendo e inspirando un profundo respeto. El que fuera Presidente de aquella organización clandestina, la Junta Patriótica, representante del partido URD, al mismo tiempo ejercía abiertas y muy expuestas actividades públicas como periodista del diario El Nacional, que además cubría la fuente política de Miraflores. Nos referimos a Fabricio Ojeda.

 

Pero por otra parte, por lo que puede entenderse del análisis crítico de varios testimonios directos del momento, incluso los propios cálculos y las expectativas de la Junta Patriótica y sus dirigentes, llegaron a ser superados por el arrojo y la iniciativa populares. De allí nuestra caracterización de aquel momento como una insurrección. La participación popular, además, no fue un fenómeno estrictamente caraqueño, tal como había ocurrido en otras importantes fechas y hechos de nuestra historia política, sino que se extendió a varias ciudades y poblados del país.

 

 Las dos amenazas más serias para cualquier régimen político, y en particular para el gobierno ilegítimo de Pérez Jiménez, tomaban forma en enero de 1958: la oposición militar y el rechazo popular abierto.

 

Las causas directas del fin de la dictadura, vistas desde su propio interior, necesariamente nos remiten al año 1957.  Aquel año representaba el fin del período constitucional del Gobierno de Marcos Pérez Jiménez iniciado en 1953.

 

 Si bien el inicio de aquel gobierno estaba ligado a un burdo fraude y al desconocimiento de los resultados electorales de 1952, lo que lo deslegitimaba una vez más, hacia el final del mismo vendría a sumarse una nueva burla de la voluntad política general.

 

A finales de 1957 debían realizarse elecciones generales, pero el régimen que se volvía cada vez más personalista, al punto de concentrar el poder y las decisiones en el Presidente Pérez Jiménez, el Ministro del Interior Laureano Vallenilla Lanz (hijo) y el Director de la Seguridad Nacional, Pedro Estrada, terminaron por decidir y sorprender al país entero con un cambio: antes que elecciones generales, se realizaría un Plebiscito para responder sí o no, sobre la continuación de Pérez Jiménez en el poder.

 

Era una burla abierta y descarada, pero al mismo tiempo constituyó el mayor error político de Pérez Jiménez, pues olvidando que había llegado y se había sostenido en el poder por el apoyo de las Fuerzas Armadas, con su salida personalista desconocía aquel decisivo apoyo. Lo que vino después lo hemos referido a medias y es momento de completarlo.

 

El Plebiscito se realizó el 15 de diciembre de 1957 y Pérez Jiménez fue proclamado Presidente para un nuevo período el día 21. El nuevo año se iniciaría con el levantamiento militar del Coronel Hugo Trejo, ya referido antes.

 

A los pocos días de aquel inusual comienzo de año, y luego de sofocar a medias aquella fractura interna, el General Rómulo Fernández, Jefe del Estado Mayor General, es decir, el portavoz del Alto Mando militar, le presentó al Presidente Pérez Jiménez un memorando que expresaba los reclamos y cambios esperados por las Fuerzas Armadas.

 

Era la segunda estocada interna y aunque aquélla también fracasaría, representaba la evidencia de una crisis que ya se decantaba. Aquella especie de pequeño golpe de Estado protagonizado por el General Fernández significó cambios en el Gabinete Ejecutivo, pero sobre todo, la salida de Vallenilla Lanz y Pedro Estrada del gobierno.

 

El mismo Pérez Jiménez asumió entonces el Ministerio de la Defensa, tal como en los tiempos del otro dictador de triste y nefasto recuerdo en nuestra historia, Juan Vicente Gómez, pero con ello evidenciaba sus vanos esfuerzos por retomar el control de unas Fuerzas Armadas que ya conspiraban por doquier en su contra.

 

Ya fuera que se sentían con derecho a sustituir y retomar el poder para sí, o porque rechazaban aquella forma de gobierno, las Fuerzas Armadas no apoyaban a Pérez Jiménez. Sería entonces cuando el mes de enero de 1958 se tornaría en una especie de abismo sin retorno.

 

En noviembre de 1957 los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela habían protagonizado una protesta interna que anunciaba lo que estaba por venir. En enero del 58 se sumarían las protestas y se multiplicarían los pronunciamientos públicos de diversos sectores contra la dictadura. De tal forma que el llamado hecho por la Junta Patriótica a realizar una huelga general el 21 de enero se realizó a nivel nacional, sobrepasando las propias expectativas de sus organizadores y agudizando la resistencia y los enfrentamientos que se sostendrían hasta el mismo día 23.

 

A las manifestaciones públicas, tales como el corneteo generalizado de los automóviles, el repique de campanas, el cierre de establecimientos comerciales y los enfrentamientos armados entre civiles y fuerzas del orden, se iban sumando los alzamientos de las distintas Fuerzas Armadas.

 

El final ya ha sido referido. En la madrugada del 23 de enero de 1958 Marcos Pérez Jiménez, su familia y algunos estrechos colaboradores, abandonaron el país. Se iniciaba así la segunda parte de aquel hecho histórico que significó el 23 de enero: la conformación de un nuevo sistema político democrático.

 

Tomado de la revista Memorias de Venezuela, enero-febrero de 2008, N° 1. Ministerio del Poder Popular para la Cultura. Centro Nacional de la Historia.

 

ATIVIDADES DE EVALUACIÓN:

Elabore un ensayo destacando los siguientes aspectos:

·         Establezca las causas que motivaron la rebelión popular del 23 de enero de 1958.

·         Compare los hechos del 23 de enero de 2958 con los sucesos que desencadenaron el surgimiento de la Quinta República.

·         ¿Cuál ha sido el papel del protagonismo popular en el establecimiento del sistema democrático venezolano?

Organice una estrategia para comunicar sintéticamente los aspectos anteriores.

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