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Marco Tulio Arellano escribe sobre las "cucas", ricos panes dulces y redondos, llamados así en los Andes, no quizás por su forma y sabor exquisitos, ni mucho menos porque tengan algún parecido con las otras denominadas por Garcilaso "conchas" de Venus. En muchas geografías del país las llaman acemas o acemitas, de origen árabe como las acemilas, estas últimas, bestias de carga.

 

Además de aderezarlas con papelón, algunas expertas dulceras le ponen a la acemita, canela, anís y clavo de especia, lo que asocia a la pequeña hogaza con los viejos tiempos de la caballería andante. A falta de almojábanas y mojicones, en el norte del Guárico eran muy comunes los almidoncitos, los templones, el rúcano, el alfandoque y las conservas de coco, rubias y morenas. No era tan pródiga la acema, conocida por "cuca" en los barrios aledaños al pueblo, denominación tenida por procaz y grosera entre la gente de buena crianza.

 

En verdad que la palabra "cuca" es bastante usual en la región andina, Lara, Falcón, Yaracuy y Cojedes. Cuando éramos niños, se nos castigaba o reprendía si usábamos la palabreja de marras. Pero cuando comenzamos a leer una tira cómica llamada "Cuquita la mecanógrafa", la prohibición comenzó a dispersarse. Nuestra abuela, formada dentro de la moral y las sanas costumbres del maestro Carreño, exclamaba: "¡Hoy sábado! ¡Hasta dónde ha llegado el irrespeto por la pureza del idioma...!" Sin embargo, desde antaño, "Cuquita fue muy castiza". En Cuba y Chile hay un ave, del orden de las zancudas, a la cual se la llama, sin ningún escrúpulo, "cuca". No faltan tampoco en todo el continente y en la propia España acepciones como cucalón, cucambé, cucarachón, y cuchara, de significados distintos. Sólo la última posee una acepción de segundo orden en Venezuela, emparentada con el vocablo glosado por Arellano, "¡Vamos a cucharear!", exclamábamos, de jóvenes, cuando la líbido  se nos regaba por el bajo cuerpo. ¡Oh bella edad aquella -añoramos ahora-, apremiosa en el amor relancino, que no paraba mientes ni tan siquiera con las rústicas hembras de los solípedos! ¡Bastaba con saltar una empalizada o meternos por entre los mastrantales para realizar la aberrante hazaña!...

 

Siempre hemos creído que las palabras nunca son mal dicha, sino mal interpretadas. A veces, hasta la falta de un acento crea situaciones embarazosas. ¿Han pensado los lectores en el lapsus que significa despojar a espectáculo y crepúsculo de su tilde prosódica y ortográfica?

 

Narradores orales y anónimos del país contaba cómo a cierta doncella de nuestros campos el uso -¿o mal uso?- del idioma le jugó una trastada. Bajó la púber desde su pequeña heredad a hacer compras, junto con la progenitora. Al llegar al poblado, ambas entraron a cierta pulpería en donde vendían golosinas. Como a la jovencita le agradaban mucho las acemas, pidió una. El dueño del negocio metió la mano al fondo del azafate, con el propósito de salir de las más viejas. La niña se dio cuenta de la jugarreta, en tanto que miraba de reojo los gofios y las polvorosas. De pronto, rectificó el pedido y dijo de improviso: "Señor, mejor es que me dé un templón por la cuca".

 

¡Las risas de la madre y del bodeguero se desbordaron en inmensa carcajada!

 

Tomado de: Mario Torrealba Lossi. Retazos y retozos del idioma. Caracas, 1997. Editorial Texto. p.p. 121, 122.

 

Tag(s) : #HUMOR

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