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Todas las noches mi abuelo Juan Patiño se levantaba a orinar en un terreno baldío frente a la casa, entre la una o las dos de la madrugada. Mi abuelo era un hombre sencillo que fundó familia con Carmen González, cuando ya ella tenía cuatro hijos de Juan Ernesto Alvins. Juan Patiño era hermano de mi paóá, de tal manera que era realmente mi tío, pero como mi papá se casó con su hijastra, entonces fue nuestro abuelo por siempre. Cada noche cuando se para a orinar, sin sentir ningún tipo de miedo, avistaba en la hondonada de la quebrada de Petra Francisca el espectro de una dama vestida de blanco que se iba desplazando entre los matorrales de la quebrada y se perdía de vista en el oscuro horizonte de la noche. Mi abuelo solía contarnos las veces que veía a aquella fantasmal criatura, su movimiento era muy particular porque parecía como si se moviera encima de una nube y su resplandor era de tal blancura como su un destello de algún astro la envolviese.

Era mayo, noche de apariciones y mucho miedo. A lo lejos se escuchaba un gallo cantar, más a lo lejos los ladridos de los perros alertaban el sueño de quienes vivíamos debajo de la arboleda que cubría todo el sector de Villa Los ÁNGELES. Era mayo de estrellada quietud de la noche azotada por el viento marino que subía desde la playa de Ño Domingo y mecía los cañaverales del fonde de Panchero Díaz. Serían como la una y media de la madrugada cuando el abuelo se levantó, como de costumbre. Se cubrió de la noche con su sombrero de cogollo y calzó las alpargatas para cruzar la amplia galería de cuartos y llegar por fin al zaguán de la casa que proyectaba el frente hacia la quebrada de Petra Francisca, la cual era una grieta en el borde del camino por donde bajaba el agua violenta de la lluvia, cuando caían los fuertes aguacero que iban erosionando el relieve del cerro. Por fin salió al frente de la casa, soplaba una gélida brisa y las hojas de los árboles silbaban de un modo espeluznante, sin embargo, el abuelo no sentía miedo porque era un ser de temple criollo que no le permitía arredrarse ante un simple fantasma. Mi abuelo leía las historias sagradas, por tanto sabía que las apariciones eran cosas normales desde los tiempos de Nuestro Señor. Así, nos contaba la aparición de los ángeles que le anunciaban noticias del cielo a los seres de la tierra para que supiesen que Dios gobernaba el uiverso. La fantasmal mujer apareció, según el relato de mi abuelo, por la parte del Sur, que linda con la casa de Teodoro Velázquez, como buscando hacia la esquina de Castico León, luego se fue haciendo más nítida cuando pasó por frente a él. Trató de verlo los pies pero no le fue posible, insistió en mirar su rostro sin poder definirlo. Era toda transparencia, toda luz, toda eteridad, no cabía dudas que era un fantasma. El abuelo la siguió sin que la dama lo advirtiera pero se le desvaneció cuando entró en las matas de cambures del patio de Sabás Brito. El abuelo imaginó que aquel espíritu debía de ser bueno porque a su paso dejaba aroma de flores silvestres.

Si tuviera que describir el aspecto de aquella mujer fantasma, diría que su rasgo característico era el inmenso velo blanco que flameaba con la brisa, al menos esao contaba el abuelo. Debía de ser delgada, porque los muertos tienden a enflaquecer para poder elevarse a un plano distinto al terrenal, pero lo más interesante de esta aparición no es la manifestación de la entidad en sí misma, sino que ante cada aparición ocurrían cosas extrañas. Una vez amanecieron todas las gallinas blancas amontonadas en un rincón del corral, con una blancura tan resplandeciente como la cola del velo de la dama fantasma. La abuela mandó matar una de esas gallinas y con el caldo se sanaron de epilepsia las dos hijas de Juana Herrea que siempre caían con ataques cuando la luna empezaba a llenar. Durante otra aparición la figura se desvaneció bajo la mata de ponsigué de Canuta Marín, y desde ese momento dejaron de ser tan ácidos sus frutos, y como condición extraordinaria, quienes comían de aquellos ponsigués tan dulces recobraban el vigor disminuído en esos tiempos por la tos ferina y las crisis de disentería que diezmaban la población infantil.

Todo eso no hubiese perdido vigencia, ni las bondades de aquellas apariciones se perdieran en el tiempo, sino es porque las personas dejaron de creer en aquellos cuentos del fallecido abuelo Juan Patiño. 

Tag(s) : #INTERESANTE

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