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FONDO DEL BLOG

                Represa de Clavellino, Venezuela, estado Sucre.

 

Volver al origen era la meta que me había planteado desde que escuché aquel viejo relato contado por el abuelo Juan. Cada palabra suya denotaba la melancolía y el anhelo por aquellos tiempos de abundancia colectiva y de esplendor natural en medio del boscaje de La Fortuna. Sentarnos debajo de la mata de acacias robusta y florida era la ocupación de cada tarde en la que departíamos turrones de coco, astillas de caña, conservas de batata o un café aguarapado para pasar el calor.

El viejo Sabás Brito, a quien llamábamos cariñosamente Sabalorio, era uno de los asiduos asistentes a la tertulia de las tardes. Generalmente el abuelo Juan lideraba la conversación que consistía en cuentos, recuerdos y moralejas que ilustraban un modo de vida bucólico y paradisiaco. Se contaban historias de aparecidos y romances furtivos para los cuales Perucho Patiño se disfrazaba de Sayona, también se discurría en torno a las misteriosas luces que aparecían en la oscuridad como señal de monedas enterradas. Maíta siempre participaba con sus interpretaciones de los sueños, en los cuales un negro horripilante le susurraba las señales de un entierro de morocotas en la casa de Juan Panchero. Veía clarita la media tijera como señal del sitio donde hallaría una botijuela de arcilla repleta de monedas de oro con la efigie del indio Guaicaipuro, esas son las morocotas de oro tan codiciadas por los pobres de mi pueblo. Esas monedas fabulosas que tanto atraían hacia el origen que nunca tuvimos porque siempre fuimos pobres, a pesar de provenir de una raza de linaje ibérico compuesta por navegantes de ribera que no sé de qué modo pudieron emparentarse con mis ancestros para dejarnos un apellido tan orillero como el Rivero, que para completarla le cambiaron la b por una v, desnaturalizándonos de aquel  radical parentesco.

Abuelo Juan proseguía en su relato desarrollando, con habilidad de buen cachero, el largo camino de recuas por intrincada selva. Desde que se habían mudado de La Fortuna para San Antonio del Golfo ya nadie transitaba aquellos parajes solitarios, colmados de esplendor natural. Por lo tanto, el abuelo pensaba que el entierro debía estar intacto debajo del frondoso mango que veía en el sueño. Con misterio Güelito describía el canto del chiro montañero, de la cóitura y las guacharacas que servían de alerta contra los cunaguaros y las ánimas del monte.

 

 -- Alejandro González vio cuando pasó el bulto blanco y se internó en el bosque de guarapos y celedonias pero no me dijo nada, aunque yo también lo vi, contaba Güelito Juan.

 

 -- Es que si te hubiera dicho el miedo te iba a hacer retroceder, y yo lo que quería era sacar la botijuela, interrumpió Tiíto Alejandro, reforzando la veracidad a las palabras del abuelo.

Llegaba el guarapo humeante, cada quien tomaba su taza en medio del habitual comentario: “Este guarapo si está bueno”.

 

 -- Ese bojote sería una lapa.  - Respondía Sabalorio con voz de patriarca anciano.

 

-- ¡Sabá no para! - Gritó desde la lejanía mi hermano Chogüí.

 

-- ¡Tráime a tu may paque vea si no paro, carajo! – Replicaba Sabás Brito con voz iracunda y temblorosa de hombre ochentón que se jactaba de ser un templado gracias a las aguas milagrosas del Borbollón.

 

Mil veces hubiésemos reunidos y mil veces hubiere pasado la misma tertulia entre risas, explosiones de humor y el mismo e irrepetible desenlace de aquel tesoro en medio de la montaña, el cual se desvaneció entre un borbotón de hormigas chorroclocas porque Pedro Pablo el tuerto iba con la mala intención de decirle al Jefe Civil que Juan Patiño y Alejandro González habían sacado una botijuela de morocotas en La Fortuna.

 

Tag(s) : #HISTORIA

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