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http://www.eluniversal.com/aniversario/100/ca4_art_cumana-temblo-y-se-s_1229122

 

La mañana del 17 de enero de 1929 abrió con rostro sonriente y agradable, que transmitía quietud y alegría. Nada parecía perturbar la quietud pastorilde los lugareños cumaneses, que se dedicaban a efectuar sus labores tal como las practicaban desde la época de su fundación en 1515. Unos se dedicaban a la pesca, otros a la siembra.

 

El viento del norte, muy suave, trasladaba el vocerío alegre de los trabajadores el mar y las playas de El Salado y Golfo de Cariaco; realizaban sus faenas los hombres musculosos. En la población de Caigüire los pescadorea efectuaban sus labores, pues habían logrado atrapar un inmenso cardumen de carites, que satisfacía cabalmente, con entusiasmo, necesidades de la comunidad.

 

El chinchorro estaba allí, con sus redes en forma de círculos, marcados por la sucesión de flotadores blancos, pequeños y redondos, que parecían enormes lunares, cual adornos sobre la faz del mar. Las aves marinas, sobre todo alcatraces, se lanzaban violentamente contra la superficie, y atrapaban arenques en sus largos picos y otras especies. Eran peces que se habían dejado atrapar en las redes, mientras las aves más pequeñas revoloteaban encima de ellos y emitían sonidos guturales como lamentos que exigían parte de la caza. Mar afuera, frente a las playas de San Luis, botes se destacaban como puntos blancos que sembrados sobre la superficie azul, casi estática, adornaban aún más la lejanía.

 

Los gritos de ¡Sotavento! ¡Sotavento! se colaban por el túnel de la escasa brisa y se esparcían como perfume agradable. El espectáculo era digno de un lienzo porque mar adentro el Golfo lucía ataviado de montañas por doquier. En las riberas de El Salado y de San Luis se repetía el mismo espectáculo, que contribuía a que renacieran las esperanzas entre los hijos humildes de la ciudad primogénita.

 

El sol estiraba los brazos, pero todavía de manera furtiva, detrás de nubes azul oscuro y transparente. por el sur, los cerros pardos semejaban una enorme fachada pintada a brocha. Color ocre que se iba transformando a medida que el sol se desnudaba y asustaba a las tercas nubecillas escapadas en el túnel del viento; nubes que se llevaron las esferas de vidrio que el rocío dejó durante la noche en la punta de las hojas de los árboles.

 

De pronto, un ruido lejano se oyó como disparo apagado en el fondo de una inmensa caverna; era casi inaudible, pero bastó para que todos se quedaran mudos, contemplativos, contagiados de ese silencio que nos afecta cuando algo brusco interrumpe la alegría que saboreamos. Las detonaciones se multiplicaron y tomó proporciones mayores; tal vez el tropel producido por el arrastre violento de un río subterráneo. La tímida brisa, asustada, huyó rápidamente. Los pobladores sorprendidos, asustados, no lograban entender aún el fenómeno y el miedo se reflejaba en cada rostro. 

 

Una cadena de tronidos se combinaron y la tierra empezó a moverse como si fuera de gelatina, al mismo tiempo que cientos de voces empezaron a gritar: ¡Terremoto... Terremoto! La gente llena de pánico corrió en diferentes direcciones sin saber qué hacer y el terror se apoderó de la población. El ambiente cambió totalmente y las aves desaparecieron, pues la calma fue sustituida por un viento huracanado que aullaba entre las ramas y los alambres telegráficos al cortar el aire. Se producía una especie de aullido que sumaba un toque de pavor al ya enrarecido y dramático cuadro. Las olas aumentaron de tamaño, hasta alcanzar la altura de los cuatro metros. El Golfo de Cariaco, siempre alegre, risueño y acogedor se había transformado en algo indescriptiblemente pavoroso.

 

¡Terremoto... Terremoto! Era el grito colectivo, mientras el viento feroz huracanado levantaba enormes polvaredas y la arenilla flagelaba los cuerpos. Las enramadas de los pescadores, ubicadas a las orillas del mar, fueron las primeras viviendas que, con tanta facilidad, se lelvó el huracán. Parecían plumas gigantes en vuelo. Los niños gritaban y lloraban, mientras los hombres, indecisos y asustados, corrían de un lado a otro sin saber qué hacer. Los cerros se desmoronaban y las casas caían cual frágiles habitaiones de muñecas. El desconcierto se generalizó y la tierra se abrió formando grietas profundas; muchos árboles cayeron mostrando sus raíces. El río Manzanares se salió de su cauce y generó la loocura natural. De repente pasaron terribles ráfagas de lluvia que añadían más tormento y pavor a la población.

 

¡Terremoto... Terremoto! Era la palabra patética que todos repetían como enloquecidos.

 

-¡Misericordia, Señor!- clamaba de rodilla un grupo de damas en el centro de la ciudad de Cumaná.

 

-¡Calma, Señor, tu ira!

 

-¡Dios mete tu mano divina!- Pedían otros.

 

Algunos hombres hacían lo mismo, extendiendo sus manos hacia el cielo infinito.

 

-Hágase ... Señor... tu voluntad, porque te amamos- Decía la mayoría.

 

El castillo San Antonio de la eminencia, centinela perenne de los grandes acontecimientos de la Ciudad Mariscala, sufrió considerables daños, con algunas pérdidas humanas, entre ellos 10 muertos y 14 heridos de gravedad. Entre los lesionados graves se encontraban el Capitán Asunción Arias y el Sub-Teneiente Simón López. El primero murió varios días después en la ciudad de Caracas; luego todo quedó en calma, pero con un resultado dantesco ya que más del 80 por ciento de las casas de familia quedaron totalmente destruidas. Toda la actividad comercial desapareció y la Ciudad Primogénita quedó totalmente arruinada y fantasmal. El Teatro "Silverio González" desapareció y la Iglesia Santa Inés recibió graves daños. El Fuerte Santa María de la Cabeza sintió el rigor del movimiento telúrico y, también, se desplomó el edificio del Ayuntamiento. En una palabra: Cumaná se convirtió en un montón de escombros.

 

Al empezar a evaluar los terribles daños, causados por el descomunal sismo, el Presidente del estado Sucre, señor José Garbi, se dirigió con la mayor prontitud al General Juan Vicente Gómez, y le detalló todos los pormenores del hecho y los daños causados por el movimiento telúrico. Allí se contabilizaban treinta y siete muertos identificados, diez desaparecidos, más de mil heridos, de los cuales setenta de gravedad, estaban siendo atendidos de manera esmerada en el Hospital de Caridad y en sitios improvisados por la Cruz roja.

 

Inmediatamente el Gobierno Nacional decretó una ayuda de un millón de bolívares para que se distribuyera equitativamente entre los damnificados.

 

En los días y meses subsiguientes se notaba la actividad de los cumaneses en los quehaceres de reconstrucción de sus hogares. No hay en ellos distinción de clases sociales: todos se integran en una sola unidad de trabajo, todos colaboran. Mientras tanto. la Ciudad devastada sale poco a poco de las cenizas de la destrucción, como el Ave Fénix, para renacer una vez más, entre los vastos infortunios de la Naturaleza.

 

ACERCA DEL AUTOR

ASDRÚBAL DUARTE

http://aldiaconmudarra.blogspot.com/2010/05/fundacion-sucre-vive-conmemoro-48.html

Nació en Cumaná, en la populosa parroquia Valentín Valiente, específicamente en Caigüire, el 7 de septiembre de 1927. Fue dirigente juvenil del aprtido Unión Republicana demócrática (U.R.D). Fue Diputado a la Asamblea Legislativa del Estado Falcón en el periodo 1958-1963. También fue legislador del Consejo Legislativo del Estado Sucre (periodo de transición), en el año 2002. Ha sido, durante muchos años, constante columnista de diferentes diarios del país. Fue Director de El Periódico de Sucre y del diario de Sucre. Ejerció, asimismo, la secretaría General de la asociación de escritores de Venezuela, Seccional Cumaná. 

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