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Fuente; andalexus.wordpress.com


Esa tarde yo estaba extenuado bajo el sopor de la fiebre que me causó una indigestión, por haber comido un sancocho de pellejo de cochino con frijol. Sentado en el quicio de la casa, cuyo frente es una pendiente que va a dar al mar, observaba como iban llegando una a una las mujeres de la vecindad a la congregación de Predicador. Ataviadas con mantos de blonda en la cabeza, faldas largas que no dejaban ver ni los tobillos y blusas con faralaes en el pecho para disimular la prominencia de los senos, que son característicos en las féminas de mi pueblo, una a una iba tomando su lugar en la explanada donde se congregaban al morir el sol.

 

Nunca pude entender porqué los atributos de aquellas hermosas mujeres, tanto casadas como solteras, fuesen motivo de privaciones ahora que Predicador las había consagrado bajo el dominio tutelar de su verborrea religiosa. Antes salían embutidas en ajustados pantalones que dejaban notar cada depresión de sus cuerpos perfectamente delineados por la gracia de sus creadores sin advertir el pecado. Si te sentabas en el quicio de Perucho, podías catalogar en una especie de collage mental cada una de las tallas y siluetas de las mozas que bajaban de El Terreno, El Paraíso y La Carretera rumbo a la misa dominical. Pero las cosas cambiaron, desde que Predicador tomó control de la situación todo fue diferente. Ya la iglesia del enorme crucifijo detrás del altar mayor había perdido vigencia y credibilidad. Ahora se imponía una nueva forma de adoración y alabanzas cuyo intermediario acá en la tierra de los mortales era Predicador.

 

El último en llegar fue Predicador; un hombre moreno de alta estatura y evidente corpulencia, pelo ensortijado hasta los hombros y bigote poblado al estilo de un cantante de rock and roll, con una Biblia de bordes dorados y cubierta de cuero debajo del sobaco derecho. Al irrumpir entre la multitud una gran fanfarria inundó los confines y profusión de aromas enervantes emanaban de un humo espeso y alienante que brotaba de sendos cuernos dorados descomunales apostados a cada lado del salón. Predicador subió cinco peldaños por el lateral derecho del escenario hasta posarse en el centro de cuyo cenit caía sobre su corporeidad una luz violeta como espada rutilante que lo proveía de una transparencia increíble.

 

Predicador abrió un gran estuche en forma de veliz, pulsó los botones de una especie de teclado interior y por el foco de una suerte de cañón empotrado en la estructura del maletín comenzaron a corporeizarse imágenes humanas de comportamientos procaces y deshonrosos. Primero se proyectó un hombre de baja estatura con pantalones acampanados, camisa de colores y formas aberrantes, botines de plataforma alta y crinejas tejidas en el cabello. Danzaba de un modo inverosímil al son de una música degradante que causaba repugnancia al principio y después lujuria en las mujeres de la corte de Predicador. Poco a poco se iba contagiando la masa con aquel ritmo hilarante, tanto que en un jadeo masivo todas iban cayendo rendidas ante la figura de un gran falo en el que se había convertido el enano negro bailante. Un relámpago artificial se proyectó desde el centro del claustro de oración y del foco proyector saltaban con movimiento de marionetas una piara de chivas que se despeñaba por un acantilado huyendo de los demonios. Las mujeres rendían reverencias, se persignaban y lanzaban un cántico parecido a una exhalación orgásmica

 

Yayza44 desde un rincón oraba jadeante y aletargada para que sus pecados de lujuria la dejaran en paz. Mientras invocaba mentalmente sus ruegos al dios justiciero, por el cañón del maletín desfilaban imágenes inverosímiles de actos sexuales de toda naturaleza y estupor que las novicias se ruborizaban y tapaban la cara con el velo de blonda.

 

PUTITA23, quien hacía votos de castidad para convertirse en pastora de tercer rango, oraba desenfrenadament, dando alaridos y brincos enigmáticos para purificar su alma. Aquel espectáculo, que tarde tras tarde acudía a mi vista sentado en la calzada, era como una especie de revelación apocalíptica que cada vez me convencían de la falsedad de Predicador.

 

Cuando el estruendo del rayo justiciero llegó a su máximo nivel de tolerancia por el oído humano, casi en el momento de liberar el holograma del gran Minotauro devorador de vírgenes, corrí desesperado hacia la multitud y tomé del brazo a Cheyenne Rodríguez, la jovencita más dulce y apetecible de toda aquella andanada de beatas alienadas. Predicador infringió una orden a Minotauro para que nos diera alcance y nos devorara por el pecado de fornicación aún no consumado. Corrí con ella de rastras por entre los cañaverales de la vieja Fermina, detrás se oía el crepitar de los tallos derribados por el peso portentoso de las pisadas del monstruo. Corrimos pendiente arriba hasta perder el aliento, Chey no daba muestras de cansancio, simplemente estaba absorta en una especie de trance que la hacía seguirme sin inmutarse.

 

Ya cuando estuvimos en lo más alto de una colina, desde donde se miraba el mar esplendoroso y el sol como un enorme disco dorado involucionando en el horizonte, me di cuenta que la bestia no tenía suficiente potencia para llegar hasta donde estábamos. Tomé a Cheyenne en mis brazos como si fuese una flor delicada, le besé en la boca y la volví del letargo con suaves caricias sobre el pastizal del rastrojo de la O.

Tag(s) : #INTERESANTE

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