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 -¡Ay mira estos dientitos! Seguro este pan lo mordisqueó Cheíto exclamaba Onelita con efusiva emoción, cuando sacaba la bolsa de panes duros que nos mandaba de Caracas Tiíta Dilia.

 

Eran los panes más sabrosos y anhelados de mi infancia. Venían en su bolsa de papel marrón, bien acurrucaditos en una esquina de la caja repleta de chivas de mis primos caraqueños. Saborizados por un extraño aroma a detergente con sabor a gloria.  Aquellos panes; mordidos unos, enteros los otros, eran una delicia, más por la generosidad con los que eran enviados que por el apetitoso valor de su frescura.

 

Después, en mis años de adolescente, viajé a casa de Tiíta Dilia, en la Urbanización Alberto Ravell de El Valle de Caracas, fue cuando probé un buen pan con café con leche. En esta oportunidad, un costroso biscocho de miga generosa y dulce. Instantáneamente recordé aquel momento cuando descubrí el horno donde la señora Felicia cocinaba sus panes caseros, cuyos olores despertaban a los vecinos de la calle Guaimare, en San Antonio del Golfo.

 

Se trataba de una construcción rudimentaria de adobes colocados armoniosamente hasta formar la bóveda cóncava sobre una plataforma que lo elevaban a la altura de la cintura. De esos panes no pude degustar porque ya doña Felicia era anciana y el horno artesanal, por la falta de uso, no era más que depósito de cachivaches y escondrijo de ratones.

 

En vísperas de Navidad llegó una caja enorme, celosamente sellada con cintas de embalaje, con un rótulo trazado elegantemente, aún oloroso a tinta indeleble de marcador: Para Señora Hortensia/ calle “Villa los Ángeles”/ San Antonio del Golfo. Dentro de la caja las cosas venían predestinadas en pequeños apartados para cada quien: la braguita de Susanita para Onelita, la camisa a cuadros de Ñito para El Chogüí, las botas ortopédicas, gastadas, de Cheo para Mariíta, unas pantuflas del Tío Fernando Villamizar para Paíto…

 

La bolsa de panes duros,esta vez estaba mojada, al igual que todo lo que venía en el embalaje. La caja de cereal marca Panina hecha un estropicio, toda la expectativa venida a menos por causa de un desacierto del chofer del bus.

 

En Tapipa la quebrada había crecido. Del lado de Caracas los buses esperaban que amainara el raudal para intentar pasar hacia oriente. Una vieja gritaba desde la cocina, así llaman el ultimo puesto del bus: -Pero pasa esa vaina, que aquí me estoy asando. El chofer entre molesto y nervioso puso marcha adelante y embistió con el robusto bus contra el curso de agua. Logró pasar con éxito, pero todo el equipaje se mojó.

 

Maíta lavó los reciclados estrenos y puso a secar los botines ortopédicos de Cheíto para Mariíta detrás de la nevera. Daría tiempo secarse para esperar vestiditos los regalos del Niño Jesús.

 

Yo vi cuando Paíto puso en la cama de Isabelita una muñeca metida en su caja nueva. En mi lugar no había sino un pequeño bultito con una franelita que me puse contento el otro día. Esa mañana me levanté tempranito, entre sorprendido y confundido de saber que todo aquello del Niño Jesús era una farsa para mantenernos ilusionados en medio de tantas desventuras. Pero al menos funcionaba mientras lo creía.

 

En la calle sonaba un jolgorio mecánico de carros de pilas, muñecas que lloraban al sacarle el chupete, armónicas y matracas.

 

En el Bar de Marcos Malavé una mona amarrada por la cintura, que sacaba suertes con un mazo de barajas, trepada en el hombro de su extraño dueño que bebía tragos de ron puro, provocaba la risa de los trasnochados parranderos. -Vas a ajumar a ese animal y te llevarán preso. -No seas zoquete, Marcos, esta mona es corría de mundo, dale unos cambures que yo los pago, aquí hay plata de la buena. Decía el hombre de la mona, mientras sonaba algo metálico en los amplios bolsillos delanteros del pantalón.

 

El hombre de la mona era un ser huraño, hablachento al emborracharse, de quien decían que se había sacado un entierro en La Playa del Muerto. Por el puro interés lo puso Paíto de padrino de Dilia Rosa, contando conque algún día le vería el canto a alguna de las morocotas sacadas del lecho marino. De sábado en sábado el hombre de la mona recalaba por la casa a tomarse las cervezas medias jarras que Maíta vendía para aplacar la necesidad. Aquella tarde decembrina pidió le sirvieran en un vaso de vidrio; de unos que habían venido en la caja de Caracas, adornados con motivos navideños. Entre Paíto y el hombre de la mona ya habían vaciado dos cartones y medios de cervezas, mientras que la mona no daba tregua a los panes duros que Maíta había desecado en la parte trasera de la nevera.

 

-Simón, ya está bueno de cervezas, dijo Maíta en tono autoritario.

 

Paíto, atemorizado, le respondió que el hombre de la mona amarrada por la cintura tenía los bolsillos atestados de morocotas. Que ese día tal vez le dejaría una a la ahijada.

 

-Ten cuidado no me vaya a comer el vaso, mira que es nuevecito, de los que mandó Dilia.

 

El hombre de la mona había trabajado en un circo, gracias a su habilidad de comer vidrios, al igual que por su arte de escupir fuego y de otras ingeniosas truculencias que empleaba para sacar objetos de los lugares menos pensables del cuerpo humano.

 

-Te digo, Simón, que ese hombre no se trae nada bueno. Le dijo Maíta a Paíto, en una ocasión cuando pasó al patio a orinar.

 

-Tú siempre desconfiando, el compadre no se te va a ir con la cabuya en la pata. Dijo Simón, al tiempo que intentaba abrazar y besar a Maíta juguetonamente, pero ella lo rechazaba fingiendo estar molesta.

 

Cuando ya caían las primeras sombras de la tarde la mona se zafó de la correa que llevaba atada por la cintura, se encaramó en lo más alto de la mata de roble del fondo de petra Francisca, llevando consigo el preciado botín del resto de panes duros que todavía quedaban en la bolsa. Ante la majadería de la mica todos acudimos a ver cómo la bajarían. Aunque le ofrecieron de toda clase de sebos y chucherías, la astuta mona prefirió amanecer en el copo del frondoso roble. Para ese momento ya el Compadre había descompletando la docena de vasos navideños, quedando sólo ocho de ellos, mientras Maíta peleaba en la cocina con Paíto.

 

No habían valido para nada la escoba tras de la puerta, ni la cruz de sal, como tampoco los cuchillos cruzados en el patio, porque el voraz apetito del hombre de la mona prefirió la frágil cristalería de los vasos navideños a los suculentos pasteles que Maíta había guardado de la Noche Buena.

 

La brisa de la recién comenzada noche traía desde lejos sones de parrandas y aguinaldos. Melecio Patiño y sus muchachos venían rondando desde la Carretera Arriba, casa por casa, excitando con palos de ron de ponsigué casero los cantos decembrinos. Por fin llegaron a nuestro hogar, el hombre de la mona pidió otra ronda de cervezas medias jarras.

 

-Ya está bueno compadre, dijo Maíta, pague la cuenta. Las cervezas que quedan son pocas y se las he reservado a los músicos. El hombre de la mona, sin ofuscarse, metió las manos en cada bolsillo delantero del pantalón y profiriendo groserías de todo tipo arrojó en medio de la sala sendos puñados de clavos galvanizados que había salido a comprar para reparar unas tablas a la lancha de Juan Patiño.

Tag(s) : #HUMOR

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