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El tumulto del19 de abril de 1810, obra de Juan Lovera (1778 - 1841), pintada en 1835

Óleo sobre tela, 98 x 139 cm. Colección Capilla Santa Rosa, Palacio Municipal de Caracas.

 

 “El 19 de Abril de 1810”. Esta obra posee la siguiente inscripción: “Cuadro de la resolución acaecida el 19 de abril de 1810 en la ciudad de Santiago de León de Caracas ahora capital de la República de Venezuela. El Tumulto se efectuó entre el frontispicio de la Iglesia Catedral y la balaustrada de la plaza hacia el Oriente. Los personajes inmediatos al Capitán General son ilustres cabildantes que le precisaron a pasar a la Sala Consistorial donde quedó sellada la Gloriosa revolución que ha dado independencia y libertad a casi todo el nuevo mundo”.  (www.eapjuanlovera.edu.ve)

 

El presente artículo ha sido transcrito fielmente de la obra Enciclopedia de Venezuela, tomo IV. Editorial Andrés Bello. S/F. Asesor de la publicación: Pascual Venegas Filardo. Editor: Lucas Morán Arce. EDitor asistente: Enrique R. Bravo.

 

AÑO DE 1810

 

Tanta violencia cansó al fin el sufrimiento de todos, y así criollos como españoles se dieron prisa en derribar a Emparán del mando, no porque entrase en su plan la mira de separar la colonia de la madre patria, sino únicamente por formar un gobierno análogo al de ésta. La revolución de Gual y España manifiesta que la independencia no era una idea desconocida en el país; mas sólo pocos la tenían, si bien los más nobles, ricos e ilustrados. Porque a decir verdad las clases más numerosas del pueblo, miserables e ignorantes, ni siquiera concebían el sentido de la palabra, mucho menos la conveniencia de variar un orden de cosas a que las apegaban varias fuertes simpatías. Guardáronse pues los principales conspiradores de dejar traslucir en su proyecto un pensamiento que lo habría hecho impopular, y desde luego aseguraron que su único fin era conservar los derechos de Fernando VII, impidiendo que Emparán vendiese el país a los franceses, después de haberlo disgustado, co su despotismo, del gobierno español.  Diversos planes se propusieron y meditaron con aquel objeto desde enero de 1810; todos arriesgados e inciertos.

Después de muchas conferencias y discusiones en que más se hablaba que se prevenía se convino al fin en emplear el batallón de milicias de los valles de Aragua, cuyo coronel era el marqués del Toro, y seducido este cuerpo, destituir por su medio a Emparán, sorprendiéndole en la noche del 1º al 2 de abril. Cuando todo estaba preparado, listos los hombres y las armas, designado a cada cual su puesto y convenidas las señales, se vieron presos por orden del capitán general, a quien el caso había sido denunciado. Con cuyo motivo observaremos a Emparán, desdiciéndose del carácter que se le atribuía, usó en esta coyuntura de una clemencia verdaderamente jntempestiva, pues sin profundizar mucho en el negocio, y aparentando o ver en él sino un acaloramiento pasajero de cuatro jóvenes militares, se limitó a confinar los principales en Maracaibo y otros puntos de la provincia.

 

Lo que entonces causaba más inquietud era la falta total de noticias de España, porque, según se hizo entender a todos, la única embarcación que hubiese aportado a la Guaira, no llevaba papeles oficiales. Ocupado se hallaba Emparán en explicar semejante novedad con el rigor de la estación y las pocas utiliddes del comercio, ccuando llegaron dos buques a la Guaira y a Puerto Cabello. Por ellos se supo vagamente la disolución de la junta central y la dispersión de sus miembros; cuya noticia fue confirmada el 18 de abril, con la añadidura de que a excepción de Cádiz y la isla de León, todo el resto de la península estaba en poder de los franceses.

 

Con esto subió de punto la inquietud, cundiendo rápidamente por todas las clases del pueblo: los españoles  mismos temerosos y sobresltados, manifestaron altamente su desconfianza del gobierno: los criollos revivieron sus pasadas pretensiones y ganaron fácilmente partidarios. La ocasión era propicia y los conspiradores, para no malograrla, se reunieron en la noche del mismo día. Se contaba con los principales jefes y con varios oficiales de la tropa que guarnecía la ciudad: el cabildo , compuesto casi en partes iguales de españoles y americanos, debía dar el primer paso provocando una discusión con el capitán general; lo demás saldría de suyo, fiando en la fuerza el ocurrir a las contingencias no previstas que pudiesen impedir la ejecución del plan. La generalidad no soñaba siquiera en separarse de la acuitada madre patria; pero había opinión por un cambio en el gobierno, acalorados todos con la idea de imitar en ello la conducta de España y de derribar a Emparán, a quien los más odiaban y temían, afectando creerle adicto a los franceses.

 

Fiel a su promesa, se reunió el ayuntamiento en la mañana del 19 de abril, con achaque de asistir a los oficios religiosos del Jueves Santo en la iglesia catedral. Entonces se insinuó por algunos de los conspiradores la necesidad de ocuparse en las novedades que corrían, a fin de acordar los medios de aplacar la efervescencia popular y atender a la seguridad común que ellos veían, según dijeron, alterada. Para esto debía el cuerpo declararse en sesión extraordinaria con ususrpación de ajenas facultades, pues tocaba únicamente al capitán general la convocatoria a cabildo en casos semejantes. Si emparán, hecha esta observación, se hubiera negado a presidir en una junta ilegalmente reunida, se trastornara sin duda la revolución, y obligados los revolvedores a diferirla o atropellarla, acaso la malograran sin remedio. Pero Emparán no viendo peligro en parte alguna, pasó por alto la informalidad del caso y se presentó muy confiado y sereno en la casa capitular al primer llamamiento que se le hizo. Por el pronto sin embargo supo corregir el desacierto, eludiendo hábilmente las primeras dificultades. Hablóse de los sucesos de España, del peligro en que se hallaba la América, de cuánto convendría organizar en Venezuela un gobierno propio que la preservase de la anarquía, velase en su defensa y conservase los derechos de su legítimo monarca. A todo contestó victoriosamente Emparán, diciendo ser cierto que la junta central se había disuelto, pero no que se hallase el reino sin gobierno, habiéndose establecido un Consejo de Regencia. Que no hubiese miedo de ver alterado el sosiego público ni despedazado el país por la anarquía, no existiendo partidos ni bandos enemigos. Y finalmente, que en lo de establecer un gobierno distnto, tuviesen cuenta no fuese ello alguna sugestión maliciosa, hija de la ambición o de la novelería, y que en todo caso convenía no intentar innovación pequeña o grande hasta la llegada de dos enviados de la regencia que ya estaban en el puerto de la Guaira. A muchos parecieron satisfactorias las razones de Emparán y justa su opinión: éste sin aguardar respuesta se dispuso a salir: los conjurados al notar la disposición desfavorable de los ánimos, quedaron aturdidos, y mal su grado, mohinos y presagiando ya desdichas le siguieron.

El momento era crítico. Malogrado el lance, se había puesto el capitán general en el secreto de la máquina que se tramaba, y él no era hombre de reparar mucho en los medios de cortarla. Si entraba en la iglesia todo estaba perdido, porque de allí expediría cautelosamente la orden de prender a los conjurados. Lo cual era fácil, pues de éstos unos se hallaban desparramados por la ciudad, y los principales obligados por sus oficios a permanecer an el templo. Entre tanto caminaban, y no siendo grande la distancia que mediaba entre las antiguas casas capitulares y la metropolitana, se hallaban ya a sus puertas. En este instante varios grupos de conjurados reunidos en la plaza cierran el paso a la comitiva de Emparán, y un hombre llamado Francisco Salias agarra a éste del brazo y grita que vuelva con el cabildo a la sala capitular. Repiten los conjurados la misma voz: el pueblo sin saber de qué se trata presiente un alboroto, y según su costumbre, lo atiza y aumenta, prorrumpiendo en los mismos clamores: la tropa dispuesta para escoltar la procesión del Jueves Santo, corre a tomar las armas y hace vacilar un momento la resolución de los amotinados; pero luego las depone y se dispersa por mandato de su jefe: así que Emparán, abandonado por la  fuerza y llevado en vilo por el populacho, se ve en la necesidad de regresar a la sala del ayuntamiento. En el camino un cuerpo de guardia que estaba al paso le niega los honores militares debidos a su clase, y esta circunstancia le desconcierta totalmente, abriéndole por fin los ojos sobre la extensión del mal y el peligro verdadero de su situación.

 

No opuso ya por tanto ningún inconveniente cuando los doctores Juan Germán Roscio y Felix Sosa propusieron la formación de una junta suprema; siendo tal su turbación, que ni siquiera le ocurrió observar que aquellos dos señores tomaron asiento en el cabildo de mano poderosa, titulándose diputados del pueblo: nombre desconocido en la legislación española y sobradamente indicativo del espíritu que animaba aquella trama. Tal respeto se tenía aún a la antigua majestad de las autoridades españolas, que a pesar de todo lo sucedido, todavía consintiero los municipales en hacer a Emparán presidente de la junta suprema que debía formarse, poniéndose de nuevo y con inaudita ceguedad y torpeza entre sus manos. Ya Rocio había empezado a redactar el acta  de la sesión en este sentido, y la revolución iba otra vez a malograrse, cuando apareció en la escena el hombre que debía fijar  su marcha naciente y vacilante. Fue éste el doctor José Cortés de Madariaga, natural de Chile y canónigo de la catedral de Cracas; genio atrevido y emprendedor; de condición apasionado y vehemente; instruido y dotado de una elocuencia verdaderamente tribunicia, sin arte ni método, pero concisa, animada y tronante. En el confesonario estaba cuando dos o tres personas le llevaron la noticia de la última debilidad de los municipales, y viendo que todo estaba perdido, corrió desalado al ayuntamiento y se anunció como diputado del pueblo y del clero, títulos que para sus fines se dio como hicieron otros. Como entró en la sala, se sentó, y excusando preámbulos y circunloquios inútiles, dijo cómo daba lástima ver a hombres  tenidos hasta entonces por de buen sentido, poniendo la revolución y lo que es más, sus propias vidas a la merced de Empará, el cual si disimulaba por el momento, era para vengar después el ultraje hecho a su autoridad: como era rematada locura pensar en contenerle por medio de una junta luego que se viese con el poder de derribarla: y por fin, como era indigno de hombres principales, animosos y honrados como ellos perder el fruto de un proyecto en que miraban, no la propia ambición, sino la falecidad del pueblo. Después desmintió osadamente algunas de las noticias que el capitán general había comunicado sobre España, ofreció las pruebas de ello en cartas que tenía de la Península, le atribuyó el deseo de mantener, con fines torcidos, el desasosiego del pueblo, y concluyó pidiendo su deposición como medida de seguridad, y por ser ése el querer del pueblo y del clero. Venidas las cosas en este punto, conoció Emparán no quedarle otro recurso que el de apelar a la  muchedumbre que cercaba las casas capitulares, y así, manifestando algunas dudas acerca de la legitimidad de los recientes diputados, salió al balcón y preguntó en alta voz al pueblo si estaba contento con su mando. Muy astuto era Madariaga para librar el resultado de aquel arduo negocio en la mudable e inconsecuente voluntad de la plebe; por lo que saliendo al balcón con Emparán, mientras éste hacía su pregunta, él indicaba a la turba la respuesta, haciéndole señas a hurtadillas. Los conjurados que estaban mezclados con el pueblo gritaron no le queremos el pueblo prorrumpió también no le queremos. Emparán disimulando su bochorno dijo con despecho, pues yo tampoco quiero mando: estas palabras se pusieron como una renuncia voluntaria en el acta  que le despojó de la autoridad: y Madariaga y la revolución triunfaron a nombre, decían, y por voluntad del pueblo de Caracas.

 

Ya no hubo en nada embarazo, ni dificultad alguna. Asociado el ayuntamiento con varias personas a quienes llamó a su seno en calidad de diputados de las corporaciones  y clases, de tímido que había sido, osó desconocer la autoridad de la regencia, declarando que las provincias de Venezuela en usos de sus derechos naturales y pilíticos procederían al establecimiento de un gobierno que ejerciese la soberanía en nombre y representación de Fernando VII. Seguidamente depuso a los oidores, menos como enemigos del nuevo orden de cosas, que por haber demostrado en las varias ocurrencias de aquel día una energía que no tuvo el jefe superior. Lo mismo hizo con dos civiles y militares a quienes además hizo prestar juramento de que no intentarían cosa alguna contraria a la revolución. Puso el mando de las armas y los puestos de más importancia en personas conocidas por su inclinación a aquellas novedades. A los individuos de tropa mando  dar prest y sueldo doble,  conservando el suyo a los empleados  y militares depuestos. Finalmente el capitán general, el intendente, el auditor de guerra y algunos oficiales superiores fueron expulsados del territorio pocos días después.

 

Todo esta era natural y puesto en razón, pues la revolución que se comienza debe perfeccionarse por un deber imperioso de propia conservación.

 

ACTA DEL 19 DE ABRIL DE 1810

 

En la ciudad de Caracas a 19 de abril de 1810, se juntaron en esta sala capitular los señores que abajo firmarán, y son los que componen este muy ilustre Ayuntamiento, con motivo de la función eclesiástica del día de hoy, Jueves Santo, y principalmente con el de atender a la salud pública de este pueblo que se halla en total orfandad, no sólo por el cautiverio del señor Don Fernando VII, sino también por haberse disuelto la junta que suplía su ausencia en todo lo tocante a la seguridad y defensa de sus dominios invadidos por el Emperador de los franceses, y demás urgencias de primera necesidad, a consecuencia de la ocupación casi total de los reinos y provincias de España, de donde ha resultado la dispersión de todos o casi todos los que componían la expresada junta y, por consiguiente, el cese de su funciones. Y aunque, según las últimas o penúltimas noticias derivadas de Cádiz, parece haberse sustituido otra forma de gobierno con el título de Regencia, sea lo que fuese de la certeza o incertidumbre de este hecho, y de la nulidad de su formación, no puede ejercer ningún mando ni jurisdicción sobre estos países, porque ni ha sido constituido por el voto de estos fieles habitantes, cuando han sido ya declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina, y a la reforma de la constitución nacional; y aunque pudiese prescindirse de esto, nunca podría hacerse de la impotencia en que ese mismo gobierno se halla de atender a la seguridad y prosperidad de estos territorios, y de administrarles cumplida justicia en los asuntos y causas propios de la suprema autoridad, en tales términos que por las circunstancias de la guerra, y de la conquista y usurpación de las armas francesas, no pueden valerse a sí mismos los miembros que compongan el indicado nuevo gobierno, en cuyo caso el derecho natural y todos los demás dictan la necesidad de procurar los medios de su conservación y defensa; y de erigir en el seno mismo de estos países un sistema de gobierno que supla las enunciadas faltas, ejerciendo los derechos de la soberanía, que por el mismo hecho ha recaído en el pueblo, conforme a los mismos principios de la sabia Constitución primitiva de España., y a las máximas que ha enseñando y publicado en innumerables papeles la junta suprema extinguida. Para tratar, pues, el muy ilustre Ayuntamiento de un punto de la mayor importancia tuvo a bien formar un cabildo extraordinario sin la menor dilación, porque ya pretendía la fermentación peligrosa en que se hallaba el pueblo con las novedades esparcidas, y con el temor de que por engaño o por fuerza fuese inducido a reconocer un gobierno legítimo, invitando a su concurrencia al señor Mariscal de Campo don Vicente de Emparan, como su presidente, el cual lo verificó inmediatamente, y después de varias conferencias, cuyas resultas eran poco o nada satisfactorias al bien político de este leal vecindario, una gran porción de él congregada en las inmediaciones de estas casas consistoriales, levantó el grito, aclamando con su acostumbrada fidelidad al señor Don Fernando VII y a la soberanía interina del mismo pueblo; por lo que habiéndose aumentado los gritos y aclamaciones, cuando ya disuelto el primer tratado marchaba el cuerpo capitular a la iglesia metropolitana, tuvo por conveniente y necesario retroceder a la sala del Ayuntamiento, para tratar de nuevo sobre la seguridad y tranquilidad pública. Y entonces, aumentándose la congregación popular y sus clamores por lo que más le importaba, nombró para que representasen sus derechos, en calidad de diputados, a los señores doctores don José Cortés de Madariaga, canónigo de merced de la mencionada iglesia; doctor Francisco José de Rivas, presbítero; don José Félix Sosa y don Juan Germán Roscio, quienes llamados y conducidos a esta sala con los prelados de las religiones fueron admitidos, y estando juntos con los señores de este muy ilustre cuerpo entraron en las conferencias conducentes, hallándose también presentes el señor don Vicente Basadre, intendente del ejército y real hacienda, y el señor brigadier don Agustín García, comandante subinspector de artillería; y abierto el tratado por el señor Presidente, habló en primer lugar después de su señoría el diputado primero en el orden con que quedan nombrados, alegando los fundamentos y razones del caso, en cuya inteligencia dijo entre otras cosas el señor Presidente, que no quería ningún mando, y saliendo ambos al balcón notificaron al pueblo su deliberación; y resultando conforme en que el mando supremo quedase depositado en este Ayuntamiento muy ilustre, se procedió a lo demás que se dirá, y se reduce a que cesando igualmente en su empleo el señor don Vicente Basadre, quedase subrogado en su lugar el señor don Francisco de Berrío, fiscal de Su Majestad en la real audiencia de esta capital, encargado del despacho de su real hacienda; que cesase igualmente en su respectivo mando el señor brigadier don Agustín García, y el señor don José Vicente de Anca, auditor de guerra, asesor general de gobierno y teniente gobernador, entendiéndose el cese para todos estos empleos; que continuando los demás tribunales en sus respectivas funciones, cesen del mismo modo en el ejercicio de su ministerio los señores que actualmente componen el de la real audiencia, y que el muy ilustre Ayuntamiento, usando de la suprema autoridad depositada en él, subrogue en lugar de ellos los letrados que merecieron su confianza; que se conserve a cada uno de los empleados comprendidos en esta suspensión el sueldo fijo de sus respectivas plazas y graduaciones militares; de tal suerte, que el de los militares ha de quedar reducido al que merezca su grado, conforme a ordenanza; que continuar las órdenes de policía por ahora, exceptuando las que se han dado sobre vagos, en cuanto no sean conformes a las leyes y prácticas que rigen en estos dominios legítimamente comunicadas, y las dictadas novísimamente sobre anónimos, y sobre exigirse pasaporte y filiación de las personas conocidas y notables, que no pueden equivocarse ni confundirse con otras intrusas, incógnitas y sospechosas; que el muy ilustre Ayuntamiento para el ejercicio de sus funciones colegiadas haya de asociarse con los diputados del pueblo, que han de tener en él voz y voto en todos los negocios; que los demás empleados no comprendidos en el cese continúen por ahora en sus respectivas funciones, quedando con la misma calidad sujeto el mando de las armas a las órdenes inmediatas del teniente coronel don Nicolás de Castro y capitán don Juan Pablo de Ayala, que obraran con arreglo a las que recibieren del muy ilustre Ayuntamiento como depositario de la suprema autoridad; que para ejercerla con mejor orden en lo sucesivo, haya de formar cuanto antes el plan de administración y gobierno que sea más conforme a la voluntad general del pueblo; que por virtud de las expresadas facultades pueda el ilustre Ayuntamiento tomar las providencias del momento que no admitan demora, y que se publique por bando esta acta, en la cual también se insertan los demás diputados que posteriormente fueron nombrados por el pueblo, y son el teniente de caballería don Gabriel de Ponte, don José Felix Ribas y el teniente retirado don Francisco Javier Ustáriz, bien entendido que los dos primeros obtuvieron sus nombramientos por el gremio de pardos, con la calidad de suplir el uno las ausencias del otro, sin necesidad de su simultánea concurrencia. En este estado notándose la equivocación padecida en cuanto a los diputados nombrados por el gremio de pardos se advierte ser sólo el expresado don José Felix Ribas. Y se acordó añadir que por ahora toda la tropa de actual servicio tenga press y sueldo doble, y firmaron y juraron la obediencia a este nuevo gobierno.

Vicente de Emparan; Vicente Basadre; Felipe Martínez y Aragón; Antonio Julián Alvarez; José Gutiérrez del Rivero; Francisco de Berrío; Francisco Espejo; Agustín García; José Vicente de Anca; José de las Llamosas; Martín Tovar Ponte; Feliciano Palacios; J. Hilario Mora; Isidoro Antonio López Méndez; licenciado Rafael González; Valentín de Rivas; José María Blanco; Dionisio Palacios; Juan Ascanio; Pablo Nicolás González, Silvestre Tovar Liendo; doctor Nicolás Anzola; Lino de Clemente; doctor José Cortes, como diputado del clero y del pueblo; doctor Francisco José Rivas, como diputado del clero y del pueblo; como diputado del pueblo, doctor Juan Germán Roscio; como diputado del pueblo, doctor Félix Sosa; José Félix Ribas; Francisco Javier Ustáriz; fray Felipe Mota, prior; fray Marcos Romero, guardián de San Francisco; fray Bernardo Lanfranco, comendador de la Merced; doctor Juan Antonio Rojas Queipo, rector del seminario; Nicolás de Castro; Juan Pablo Ayala; Fausto Viana, escribano real y del nuevo Gobierno; José Tomás Santana, secretario escribano.

Publicación del Acta del Ayuntamiento

En el mismo día, por disposición de lo que se manda en el acuerdo que antecede, se hizo publicación de éste en los parajes más públicos de esta ciudad, con general aplauso y aclamaciones del pueblo, diciendo: ¡Viva nuestro rey Fernando VII, nuevo Gobierno, muy ilustre Ayuntamiento y diputados del pueblo que lo representan! Lo que ponemos por diligencia, que firmamos los infrascritos escribanos de que demos fe.

Viana, Santana. (Bibloteca.com, actualizado el 25 de abril de 2010).

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