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A pesar de las precariedades de las familias no acaudaladas de San Antonio del Golfo siempre hubo un especial apego a la celebración de las fiestas decembrinas. Para asegurar el guiso de las hallacas, las familias más apartadas, en los fondos de sus casas criaban un cerdo, el cual era sacrificado el 23 o 24 de diciembre en la mañana. Si el chancho era macho, había que castrarlo antes de la adultez para evitar que la carne supiese a berraco. El viejo Panchero Díaz o Sabás Brito eran los cirujanos de oficio veterinario empíricos; posteriormente se dedicaron a esa labor Pedro Pablo Díaz Marín (Paco), hijo de Panchero Díaz, y Benito Márquez (Tungo). El capatorio del puerco constituía un evento que despertaba la expectativa de los más pequeños, a quienes se nos evitaba ver aquella operación, al igual que era prohibido ver a una cochina pariendo.

 

El susodicho animal era alimentado durante los meses de julio a diciembre con las pocas sobras que dejaban los humanos, además de las cáscaras de verduras y vituallas que  iban quedando cotidianamente.  De modo que el 24 de diciembre se contaba con un animal beneficiado de algunos ocho a doce kilos que se compartían con alguna comadre o vecina, cuando el animal era a media.

 

Aquella fría mañana llamaron a Pedro Pablo para sacrificar al cerdo que nos llenaría el plato navideño. Yo tendría como diez años, de tal manera que estoy contando este suceso que transcurrió por los años 1976 aproximadamente. Ya Paco se había tragado botella y media de aguardiente para acerar los bríos y no tener compasión a la hora de darle el trancazo cochinero al animal. Quizás por los efectos de los tragos, Pedro Pablo no atinó a darle el palo cochinero bien fuerte al animal, de modo que solo lo aturdió causándole un contundente desmayo. Como Paco no tuvo pulso para rematar al puerco con la consabida puñalada al corazón, mi madre; que ha sido siempre una mujer de armas tomar, se encargó de partir el corazón al animal, aunque la punzada no llegó al órgano cardiaco del animal. Creyendo todos que ya el chancho había muerto, se dispuso del agua hirviendo para irrigar la piel del animal y proceder a pelarlo. Al mínimo contacto del agua caliente con el cuero del marrano, este se incorporó como insuflado por una energía descomunal, saltó de la mesa de operaciones improvisada en el solar de mi tío-abuelo Juan Patiño, y se trasmontó por los chirivitales de la quebrada de Vieja Vita. Volver a atrapar al animal herido fue una proeza, pero como no hay propósito que mi madre no cumpliese en sus años de buena paridora, a los pocos minutos ya el cerdo estaba siendo acondicionado para el guiso de los pasteles.

Tag(s) : #HISTORIA

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